Ella gimió mucho pidiéndole que no parara de follar, en un arranque de desesperación que te va a poner la piel de gallina. La tía, en pleno éxtasis, no dejaba de gritar y suplicar que le diera más fuerte y más profundo, como si su vida dependiera de ello. El tío, que la tenía más dura que el acero, no le falló ni un segundo, dándole hasta que los vecinos llamaron a la puerta.