Corriéndose en medio de su beso, alcanzaron el clímax sin separar los labios. El sabor compartido de sus gemidos se mezcló con la dulzura del beso, creando una intimidad que los dejó temblando. Sus cuerpos se apretaron más en ese instante, como si quisieran fundirse en uno solo. Entre jadeos ahogados y manos aferradas, el beso se convirtió en el hilo conductor de un éxtasis que no necesitó palabras. Nada más importaba mientras sus lenguas seguían danzando, prolongando cada onda de placer hasta el último espasmo.