Invitó a una joven a su casa y ella venía mucho, pero mucho más de lo que esperaba. La tía llegó con las pilas cargadas y las intenciones claras: darlo todo sin pedir permiso. Entre gemidos que podrían despertar al vecindario y poses que ni en el Kama Sutra, dejó claro que cuando le entra el vicio, no hay quien la pare.