Esa chica de piel sedosa tenía un ritmo natural que hacía imposible mirar hacia otro lado. Cada balanceo de sus caderas era como una invitación, mientras sus nalgas redondas se movían al compás de una música que solo ella escuchaba. Al principio parecía tímida, pero pronto ese menear se volvió más descarado... más húmedo... más tentador.